“No más bocanadas de aire a la guerra”

Si hay alguna voz sensata en el país frente a los diálogos de La Habana y la firma de un proceso de paz con las guerrillas, esa es la del arzobispo de Cali, Monseñor Darío de Jesús Monsalve Mejía (66). Este sacerdote paisa, quien lideró la arrodillatón en el país, recibió a la revista LAZOS en su casa pastoral del barrio Meléndez, un sábado lluvioso de septiembre. Monseñor Monsalve, con la franqueza que lo caracteriza, habló de quienes son los interesados en la guerra, de quiénes y por qué le tiran piedras al proceso de La Habana, del papel de los empresarios en el pos-conflicto, de por qué Colombia necesita una auditoría internacional para desmontar la corrupción, del posible viaje del Papa Francisco a Colombia para refrendar la paz, del inicio de los diálogos con el ELN en Quito y de por qué Cali será la ciudad región de mayor peso en el futuro de Colombia. 
 
¿Qué expectativas tiene la iglesia frente a la firma de la paz que ya parece un hecho?
Las expectativas que tenemos son de cooperación empresarial, política, internacional, entre las ramas del poder, entre las subversiones existentes aún (Farc y Eln). Esa es la expectativa que tenemos del proceso. Generar cooperación, y que en esa cooperación se asegure la democratización de la paz. De tal manera que un eventual referendo, una refrendación de esos acuerdos, no sea un fracaso en las urnas como lamentablemente ha ocurrido en otros procesos internacionales. Guatemala, por ejemplo.

Hay gente, sin embargo, arrojándole piedras a ese proceso…
Siempre digo que el enemigo de Colombia es la guerra. Y favorece al enemigo de Colombia los guerreristas. Los guerreros –soldados, policías, guerrilleros- son los que ponen la vida, los muertos, el dolor. La afectada por esto es Colombia entera. Sobre todo porque hemos perdido el campo, la autosuficiencia alimentaria. Se le entrega el campo a la gran industria minera, a la industria agrícola del monopolio, a los gigantes del latifundio y vemos una población destrozada, amontonada en las 30 grandes ciudades del país. Ciudades de más de 100 mil habitantes, ciudades convulsionadas por un conflicto urbano armado impresionante. Entonces, la guerra para muchos de estos grandes macroproyectos económicos, es un escudo, un blindaje para que sus negocios prosperen. Para que el territorio sea desalojado y los megaproyectos puedan cumplirse. El terror se vuelve arma de desalojo para mantener una política corrupta, una justicia corrupta e ineficiente, y así ellos pasar siempre impunes.

Todavía seguimos enrostrándonos los muertos, como pasó entre los senadores Álvaro Uribe Vélez y Cepeda
Esa es la tragedia del país. La ofensa es el escondite de la mentira. Quien niega la verdad, esa verdad que saben victimarios y víctimas, utiliza el odio o la manera de enlodar al otro. Lastimosamente se trata de víctimas, pero son víctimas atrapadas por la mentira y por el odio. Por eso, salir de allí no va a ser fácil, pero todos tenemos que entender que hay una cuota de servicio a la verdad de la que nadie está dispensado.

Usted lideró una arrodillatón nacional ¿De qué vale arrodillarse, pedirle perdón a Dios o al país, en medio de tanta hipocresía?
Los gestos no son exactamente una competencia de autenticidad. Los gestos son un llamado. Y cuando hacemos ese gesto de arrodillarnos para ponernos a disposición de Dios, estamos haciendo un gesto de desarme, un gesto de humildad, de disponibilidad. Porque arrodillarse es precisamente bajar la guardia ante el conflicto, ante la confrontación. Y estamos convocando a la palabra, comenzando por esa palabra que hay que escuchar dentro que es la de la conciencia. Y la palabra más profunda, que es la creadora, la de Dios, la del espíritu. Entonces, es un gesto. Yo creo que Colombia necesita todos estos gestos porque los gestos son mejores que las palabras. Las palabras están muy contaminadas. Cargadas de odio, de ideología, de intereses. Se necesitan gestos, y con base en los gestos crear los acercamientos.

¿Cómo ve la iglesia que las víctimas de lado y lado vayan a La Habana?
No se trata de estar de acuerdo o no, sino de valorar el gesto del encuentro. Es más simbólico que técnico. La parte técnica –qué vamos a ser con las víctimas, qué va a pasar con los victimarios y qué va ser de la reparación–, esa parte, vendrá después de esta parte simbólica del encuentro. Por eso  a La Habana no se han llevado a las víctimas del Estado, representados allí en una Comisión, o a las víctimas de las Farc. Se han llevado a las víctimas sencillamente. La idea es que todo el país sepa que hay una gran parte de toda la población que ha sido víctima. Y algunas de esas víctimas se han vuelto victimarios, y se han convertido en defensores de una guerra a ultranza y sin fin. Entonces, de lo que se trata es de decirle a todo el mundo aquí que el dolor nos une a todos, incluso a los que lo causan. Por eso lo que tenemos que hacer es ponerle freno, coto, dique al dolor. Y esos encuentros allí significan ese llamado al país.

¿Esos diques que usted nombra es lo que han llamado tragarse unos sapos?
No, los diques no son tragarse sapos. Los diques son abrir espacios para la verdad, y ese es un gesto muy valioso de parte de las Farc y del Gobierno, porque allí no están solo las Farc. Son encuentros en una mesa con los dos bandos. Se trata de conocer la verdad, de saber la verdad, de hacer posible que la gente sepa que pasó con sus familiares, con sus seres queridos. Que la gente, Colombia, sepa de dónde es que vienen todas estas tragedias. Cuál es la causa de esto. Y que le demos paso a una justicia transicional, no sé si nacional o de cooperación internacional, pero que le demos paso a una justicia para que las cosas se esclarezcan, y se establezcan responsabilidades, y se garantice la no repetición. Luego vendrá la penalización. Y esa sí es la parte generosa que debemos tener los colombianos. No podemos pensar en un espíritu de venganza: al tal crimen, tal castigo. No es una Ley de Talión. Es precisamente la oportunidad de conciliación y de garantizar un futuro con compromisos proactivos, muy distintos, más que compromisos reactivos y de vindicaciones.

Y en ese compromiso generoso de los colombianos, ¿usted ve  a los guerrilleros en el Congreso? Porque ese es el temor de muchos colombianos…
No, no. Temor no. Aquí tenemos al M-19 haciendo política. Gente muy valiosa. Yo todas las veces que pudiera votaría por personas como Antonio Navarro, por ejemplo. Y así por personas que han sido muy honestas y no andan por allí viendo qué le roban al país y cómo engañan a la gente. En todo el mundo, un sector de los que antes considerábamos malos después resultan ser mejores que los que los maleaban. Yo digo que hay gente muy buena, aún entre los que ahora no hacen tantas cosas buenas. Allí hay gente con muchas capacidades y valores, lo que pasa es que todavía no han encontrado el llamado de Dios en sus conciencias. O no han escuchado el clamor de las víctimas en sus corazones para que digan bueno: también nosotros vamos a caminar este camino que no es de venganza, de revancha sino para establecer la verdad, conocerla y de alguna manera superarla. Porque no es para quedarnos allí eternamente, ni para volvernos a acabar y encarcelar al 50% del país. Es para superar esa verdad dolorosa.

Lo difícil va ser el post conflicto, superar esa verdad dolorosa…
Mire, la firma de los convenios es un acto formal importante y necesario. Y hay que darle toda la importancia. La refrendación es todavía mucho más importante. Creo que la construcción de la paz no se ha dejado en ningún momento, y la iglesia católica mal que bien –a veces más bien que mal, otras más mal que bien–, ha estado allí. Siempre en la proyección de la vida humana, a veces muy moralista en el caso de la vida que está por nacer. Y ha estado siempre allí, en la defensa de los derechos humanos, en el acompañamiento de las víctimas. Y en la formación del tejido social, que primero se hacía fuerte a través de la familia, a través de la convivencia en los territorios, y que lógicamente ahora está saboteada, esa convivencia, por el narcotráfico, la corrupción politiquera, por la parcelación de la población en esas ONGs, por la pluralidad religiosa y los fundamentalismos, pero sobre todo por la violencia. La violencia ha frenado mucho y destruido la convivencia social en el país. Entonces ahora se trata de que la iglesia y mucha gente en el país despleguemos una gran cruzada de reconciliación para la convivencia pacífica, para la reposición del tejido social, para la reorganización de la población como ciudadanía. Eso tiene consecuencias grandes, no solo trabajo de base. Eso tiene una exigencia que es el cambio del Estado y de la manera de hacer política, porque la manera de hacer política en Colombia es una de las causales de la no convivencia social, de la no convivencia pacífica.

¿Y cuál es esa manera de hacer política?
La del clientelismo; es decir, el voto se compra al elector y el estado se vende al elegido, entonces se forman unas maquinarias políticas, se forman unos clientelismos. Son unas dinastías políticas, incluso familiares, y esas dinastías se reparten la torta llamada mermelada, o como la quieran llamar –en todos los gobiernos ha tenido nombres distintos y los unos le echan la culpa a los otros–, y se reparten el presupuesto. Y cada político se ubica en un rubro específico y el país no funciona. Si usted mira el transporte, esa es una torta distribuida en todas las grandes ciudades. El transporte masivo en pelea con el colectivo, y la gente con un servicio de transporte desastroso. Si usted mira la salud, esa es una pelea de negociantes gordos: EPS contra IPS, y la salud está en la ruina. Existen engaños y robos en las vías. El país está en manos de la corrupción. La corrupción es una forma de hacer política engañosa, y eso sigue vigente. La paz implica que nos comprometamos todos. Colombia necesita una reingeniería, una auditoría internacional para desmontar la corrupción del Estado.

 

¿Cómo ve a Cali en ese pos-conflicto? Hay cierto temor porque se dice que sería la ciudad del país que más desmovilizados recibiría. Unos 7 mil…
Pero si la ciudad se compromete a ser una ciudad constructora e impulsora de paz en el país, no importa. Que vengan los reinsertados. Que vengan con unos compromisos de fortalecer aún más aquí la convivencia y la paz. Ojalá, y eso es lo que hay que propender. Yo creo que Cali es ciertamente la ciudad región de mayor peso hacia el futuro en Colombia.


¿Por qué?
Por su ubicación, por las condiciones que reúne, porque históricamente ha estado enmarcada por todas estas fuerzas armadas ilegales –subversión, narcotráfico, paramilitarismo, bacrin–. Y porque Cali se va a convertir en la gran zona franca de la economía colombiana. Es decir, la gente aspira a posicionarse cerca del puerto profundo, del puerto que va ser la insignia de la Alianza del Pacífico. Y que es una contradicción porque es el gran puerto y es el más miserable puerto que podemos encontrar también, no como puerto sino como ciudad. Basta que se volteé una tracto-mula o haya un levantamiento y el comercio quede frenado. Son las grandes contradicciones que tenemos. El pacífico colombiano es un gran desafío para el país. Si el país no aprovecha el pacífico debidamente va ser muy difícil organizar la paz. Y toda esta región sur pacífico de Colombia, valga decir desde el Darién hasta Tumaco y de Tumaco al Putumayo, creo que necesita urgentemente esa reorganización social para que sea viable, sostenible, equitativa y justa toda esa macroeconomía que se está proyectando. Aquí tienen asiento empresas que se están internacionalizando fuertemente. Usted oye a Manuelita, Río Paila, Colombina o cualquiera de esas empresas grandes de aquí sentar sus reales, no solo en otras regiones del país, sino en otros países. Entonces es una sociedad con mucho futuro, en todo sentido, sobre todo también en la movilidad internacional, en toda la cuenca del pacífico. Además de eso, aquí vive una sociedad muy heterogénea. Cali es la ciudad más cosmopolita que tenemos. Cali es el gran desafío para que la raza negra sea incluida en la economía, la sociedad, la cultura y la vida ciudadana superando todas esas miserias que todavía les seguimos colgando hasta en la manera de llamarlos, cuando ni son afro descendientes. Son los negros de Colombia. Y los tenemos que integrar. Es una raza bella y valiosa. Superar todo ese tipo de taras, y lograr que en Cali, donde de cada 100 caleños 56 son negros, esa población con sus diversas expresiones entren de lleno en la vida de la ciudad y del país. Eso es un desafío grande al que hay ponerle mucha atención.

Uno de los grandes escollos es la seguridad ¿Cómo está Cali en la materia?
No soy quien para hablar de la seguridad de Cali, pero tengo al alcance mis colaboradores que son los párrocos de las 170 comunidades parroquiales de la ciudad, además de las instituciones educativas, los colegios, la universidad, las instituciones de la iglesia. Y hay unas instituciones que se están forjando como son el Observatorio Social, la Vicaría de Reconciliación y la Comisión Interurbana de Reconciliación y Convivencia (Ciur), entre otras. Escuchándolos, dicen que la violencia en Cali es un fenómeno grave y creciente por la llegada, precisamente, de esa violencia urbana que ya es interurbana, e incluso internacional. Hablamos de los Maras y de los grupos de narcotraficantes que se han extendido por Estados Unidos, Centroamérica y México. Ha habido ya vínculos con esas organizaciones.

 
¿Maras en Cali?
No estrictamente de Maras como tales, sino de organizaciones narcotraficantes que han establecido relaciones urbanas, tráfico de drogas, conocimientos terroristas, armas. Eso no es un misterio. Me parece que Cali es una ciudad con vocación a la paz, a la alegría, a la solidaridad. Pero Cali no es una ciudad, son como siete ciudades en una. Hay guetos con sus clubes. Hay una ciudad con muchos guetos, y cada gueto hace lo mejor que puede pero no hay una articulación de ciudad. Y así es el Valle. El Valle del Cauca es una cosa y Cali es otra, y en lo político eso es bien grave. Esta es una ciudad con un desafío muy grande al reencuentro. Hay que superar ese desencuentro histórico, étnico, social, ideológico.

¿Y qué se está haciendo desde la iglesia para propiciar esos reencuentros?
Estamos abriendo en la Ciur mesas de trabajo. Hemos abierto 15 mesas. Con los jóvenes para que, superando las barreras, se sientan ciudadanos construyendo ciudad y país. En Cali hay unos colectivos juveniles interesantes; la mesa de adultos mayores contactando a todos las asociaciones de adultos, y es algo interesantísimo; está la mesa de la academia de la que hacen parte las universidades, con un aporte bien grande de estas; la mesa interreligiosa donde se sientan el rabino, los musulmanes, las federaciones de pastores evangélicos, los bautistas, los bahai, todos en una sola mesa, con esa alegría y disponibilidad; también está la mesa de los Constructores de Paz; vamos a abrir pronto la de las negritudes de Cal; ya contactamos a los empresarios para elaborar una propuesta nueva social para Cali. La iglesia es garante de esos espacios de reencuentro.

¿Y cuál es el papel de esas mesas?
Reconstruir tejido social, sobre todo familiar. Es un espacio para reconsiderar, por ejemplo, cómo se está ejerciendo desde las empresas la responsabilidad social y para abrir un camino en el que la responsabilidad social se direccione hacia un futuro con familias, porque un gran trancón de la sociedad colombiana es el desbarajuste de la familia. Por decir algo: las casas de interés social que hace el Estado yo creo que se han ido convirtiendo en una sala terminal de la familia. Allí termina la familia como cadena de generaciones que se suceden. Las meten en unas cajas de fósforo de 40 metros cuadrados con dificultades inmensas para sostenerlas. Los hijos de esas familias no tienen posibilidades de pensar en hacer su familia. Le han puesto un estado terminal a la familia en todos los sentidos. Casas como las de Potrero Grande donde la gente pasa dificultades porque hay conflicto y desarraigo.

¿Qué papel van a jugar los empresarios, a propósito de las mesas del CIUR, en el post conflicto?
Lo importante no va a ser que den recursos para poner palomitas por todas partes, sino que destinen porcentajes de los ingresos de sus empresas a una responsabilidad social por un nuevo tejido familiar del país, con proyectos de ingresos legales. A la gente hay que garantizarle un ingreso legal. Más que un empleo hay necesidad de un autoempleo. El desempleo hay que convertirlo en dese-empleo. Hay que ayudarle a que se dé ese empleo para que puedan realizar sus sueños: una familia, una casa, una educación, una salud digna. Allí hay que poner dinero. Es que los empresarios se encierran cada una en su afán de lucro. No les estamos pidiendo a los empresarios que sean sin ánimo de lucro, pero tampoco que sean sinónimo de lucro. Y en eso se han convertido los empresarios en Colombia. Al final de año uno se queda escandalizado con las ganancias billonarias de los bancos y las industrias, al lado de una miseria gigantesca. Eso qué quiere decir: que la riqueza está asentada sobre un polvorín de economía informal, de rebusque. Un polvorín de criminalidad. Todos los días con nuestros actos estamos poniendo a mucha gente en el precipicio de la criminalidad.

Y con todas estas diferencias, ¿si le ve futuro al proceso de paz?
Te doy mi criterio personal, como Obispo de Cali, porque el vocero oficial de la iglesia Católica en Colombia es Monseñor Luis Augusto Castro. Tenemos que ayudarnos a llevar las cargas. La compasión significa solidaridad, acompañamiento en el sufrimiento, estar dispuestos a gastar la propia vida a favor de otros. En el país se está abriendo una brecha hacia la construcción de una salida. Es pequeña y ambigua como las que más, pero más concreta que cualquiera de las anteriores. Esto por la coyuntura histórica que vive la desproporción de la lucha armada: megaejércitos tecnológicamente bien dotados frente a unos grupitos armados. La lucha armada hoy es un suicidio. Si existiera Camilo Torres, quien perdió la vida en tan solo dos meses de guerrillero, habría dicho: ya no hay que tomar las armas sino dejarlas. Hay que devolver la conciencia hacia el bien común, hacia el interés común. No hay que seguir liquidando más la sociedad colombiana, que ya está bien liquidada con estos fenómenos. No hay que seguir cooperando, indirectamente, con ese amontonamiento de la población de manera caótica en las ciudades, como si se hubieran confabulado narcotráfico, guerrillas y proyectos macroeconómicos para sacar a los campesinos y revertir la tendencia de una población que era 70% campesina, a una que es hoy 80% urbana. Yo sí creo en la paz. Los únicos que no quieren cambiar son unos grupos ultraderechistas aferrados a un poder económico militar a toda costa. Hoy, el poder económico militar de la subversión es mínimo, así tengan unos pesos del narcotráfico, comparado con el poder económico militar del Estado colombiano. Yo creo que esto tiene que salir y que el camino de la agenda es valioso, que las guerrillas firmarán los acuerdos y que el país presionará para que no sean solo unos acuerdos firmados y un referendo, sino que sea una transformación del conflicto, de la sociedad colombiana y de su economía.

¿Habrá firma antes de Año Nuevo?
Puede haber una firma de los acuerdos. El proceso está por darse. Depende de nosotros los colombianos que no debemos seguir dando una bocanada más de aire a la guerra, así la vengan a plantear los santos arcángeles. No le debemos dar una bocanada más de aire a la guerra. El futuro de Colombia no puede ser el verde oliva de la confrontación armada. El color de Colombia debe ser el de la bandera que es bien hermoso y que indica la integración de la población en su diversidad, con su naturaleza y el espacio privilegiado que Dios nos dio.

¿Vendrá el Papa Francisco a refrendar el proceso de paz?
Si se firma un proceso, o se hace una refrendación de unas negociaciones para desmontar el conflicto armado y se inicia proceso real de paz, la iglesia puede tener el aliento que no excluye la presencia del Papa Francisco en Colombia. Sería hermosísimo que Francisco fuera el testigo excepcional de la firma de acuerdos y de esa refrendación. Sé que para los próximos meses el presidente Juan Manuel Santos tiene previsto viajar al Vaticano y entrevistarse con el Sumo Pontífice. Ojalá.

¿Y el ELN?
Todo casi está decidido para que los diálogos con el ELN sean en Quito, Ecuador. Pero depende de las negociaciones en La Habana, de un acuerdo sobre un cese bilateral del fuego, porque eso es lo que quiere el ELN: que haya un cese bilateral del fuego para sentarse a hablar con el gobierno.

 

*Entrevista publicada en la Revista Lazos Ed. 131 (Noviembre-Diciembre 2014)
 
La Caja de Compensación Familiar Comfenalco Valle, miembro de la Asociación de Cajas de Compensación Familiar (ASOCAJAS), le genera bienestar social a los trabajadores de medios y bajos ingresos y a sus familias.